Yogures, kéfir y otros
lácteos. Son alimentos
probióticos que nos enriquecen
con microorganismos.
Asegúrate de que no
los pasteurizan después
de la fermentación.
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Fermentados. Lo son el chucrut, los encurtidos (si se hacen en salmuera), el miso (una pasta de soja que se puede añadir a sopas y guisos)...
Setas variadas. Son ricas en betaglucanos, que llegan intactos al intestino grueso, donde se degradan y sirven de alimento a los componentes de la flora intestinal.
Semillas y algas. Sus mucílagos también son objeto de deseo. Prueba, por ejemplo, a añadir semillas de chía remojadas a un yogur. Las algas han de tomarse con mesura aunque no se tengan problemas de tiroides, por el yodo que contienen.








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